Clase Inaugural Curso Formación Política en el Teatro Coliseo Podestá

Quiero empezar agradeciendo primero a quienes me acompañan en esta mesa, pero a través de ellos también a todo nuestro Consejo del Partido Peronista, Justicialista de la provincia de Buenos Aires. Al Gabinete, a los intendentes e intendentas, a los representantes sindicales de los colegios profesionales. Quiero agradecer también al último secretario de formación del partido, al Cuervo Larroque, al compañero intendente de La Matanza, que lo tenemos acá adelante, Fernando, gracias. 

Voy a ser breve en los agradecimientos porque ya se nombraron muchos de los que son los artífices de que este curso sea posible. Pero quiero decir primero que hay un dato que no se nos tiene que pasar de largo, que no se nos puede escapar, que es que lanzamos este Curso de Formación, también al ICP, a sus autoridades, ¿dónde está el Mono Tangorra, bueno, Sebastián? Pero creo que hay un dato que tiene que ver con la cantidad de inscriptos, pero no solo con la cantidad de inscriptos sino con la diversidad geográfica, partidaria, con el pluralismo también, en lo que hace a orientación política de quienes están inscritos en el curso, a sus edades. Hay mucho para analizar y ustedes saben que me dediqué durante una etapa muy larga de mi vida a dar clases, esto va a ser una clase inaugural, pero nunca di una clase para 18.000 personas al mismo tiempo. Así que, permítanme decir que no es sólo un tema administrativo, no es un tema cuantitativo nada más, no es un tema, obviamente, de una cuestión que tenga que ver sólo con un hecho relevante en materia de inscripción a este curso. Yo creo que la cantidad de inscritos, el interés que suscita, y además esto sigue, porque viniendo para acá, y quiero decir también, probablemente nos estén escuchando hoy quienes no están todavía inscriptos, esta es la clase inaugural así que la inscripción va a seguir abierta al curso, queremos llegar ya, mañana, pasado, a los 20.000 inscriptos en este Curso de Formación Política.

Decía, es evidentemente una señal política muy profunda, que haya tanto interés, tanto compromiso y que hayamos podido, en tan poco tiempo, en poquito tiempo, porque entre la difusión, 15 días, y la apertura de la inscripción es realmente un verdadero récord. Pero los invito a reflexionar un poco más sobre lo que dice el número y sobre lo que refuta el número. Una participación masiva en un curso de formación política, ya en un curso, en un curso de 16 clases. Yo voy a intentar respetar la duración de las clases, porque nos hemos propuesto que sean de una hora aproximadamente. así que voy a tratar de respetar la duración que le marcamos. Pero quiero decir que estamos en épocas donde nos intentan convencer de que lo máximo que podemos lograr de atención, lo máximo que podemos lograr de concentración es el tiempo que lleva leer un tuit o ver un video en TikTok o una entrada en las redes sociales o un mensaje de WhatsApp. Nos tratan de convencer de que hay un enorme desinterés, una enorme desaprensión, una enorme falta de compromiso con todo formato que implique más profundidad, más extensión, que requiera más concentración, particularmente con los jóvenes y las jóvenes. Que pareciera que tenemos que conformarnos con explicar las cosas en 20 segundos, a lo sumo un minuto, con discutir, si nos toca polemizar, con gritos, con algo atractivo, con algo ensordecedor, con algo agresivo, que el debate de ideas se puede limitar exclusivamente a intervenciones violentas y superficiales. 

Yo por eso creo que hoy, en el lanzamiento, en la clase inaugural, en la primera de las 16 clases que va a tener este curso de formación, lo que venimos a decirle a todos aquellos que se montan sobre estos presuntos fenómenos de época, que nos quieren convencer y nos quieren arrastrar a un formato en la comunicación que sea, decía, violento, superficial y breve; a modelos de comunicación que remitan simplemente a pocas palabras, a pocas ideas o a ninguna. Bueno, les quiero decir que esa imagen, que esa construcción, con este curso, solamente hoy, empezamos con un verdadero éxito, refutamos la idea de que no haya interés, de que no haya compromiso, de que no haya posibilidad de ir más al hueso.

Lo que tenemos que hacer hoy en este inicio de curso es poner un marco, ponerle algunos interrogantes, algunas preguntas y ponerle, sobre todo, un hilo conductor a lo que se ha presentado como un curso de formación en cuatro módulos. Debo decir que, no solo es acertado, sino que es absolutamente imprescindible comenzar un curso que pretende comprender la realidad, pero, sobre todo, para enfocar un proceso de transformación y de construcción, es absolutamente imprescindible empezar por la situación del mundo, de la economía internacional, del panorama mundial.

Decía Perón, ‘en el mundo la verdadera política es la política internacional, lo demás es política de cabotaje’. Así que, tratando de respetar los tiempos, voy a empezar por ahí. Obviamente tenemos un plantel docente, tenemos un cuerpo docente, al que aprovecho, porque no lo hice todavía, aprovecho para agradecerles, porque la verdad es que prestigian al Partido Peronista de la provincia de Buenos Aires. La verdad que lo hacen desinteresadamente, lo hacen por algo que también viene a debatir esas corrientes de época, lo hacen como un trabajo, como una tarea militante. Muchísimas gracias a todos ustedes.

Quiero decir que, de manera clásica, me voy a poner un poquito más teórico, ¿no? Pero de manera clásica, la historia del capitalismo moderno se suele dividir en distintas etapas. Hay una etapa, que es una etapa relativamente reciente, pero es una etapa muy importante para nuestro país, y para todos los países del mundo, que suele conocerse como ‘la edad de oro del capitalismo’. Es una época que va desde la segunda posguerra hasta mediados de la década del 70. Fue una época donde, después de los conflictos bélicos, después de la Crisis del 30, se instaura una nueva modalidad de Estado, de capitalismo, de relaciones internacionales, donde, con elementos que vienen de más atrás, pero que son obviamente determinantes, aún de alguna manera hasta el presente; se inicia un proceso de crecimiento que tiene como protagonista a los Estados nacionales, que tiene como protagonista también de las políticas públicas, al llamado Estado de Bienestar. 

Es una etapa mundial también marcada, aunque esto se extiende desde antes del período hasta después de que termine, también marcada por un mundo dividido en dos. Por un mundo que, a partir de la Revolución Rusa del ‘17, pero sobre todo después de la posguerra, se presenta como un mundo en dos bloques, un bloque capitalista y otro bloque que es el liderado por la Unión Soviética, por la Unión de Repúblicas, pero también por un bloque comercial, por un bloque productivo vinculado a la Revolución Rusa y a esa forma de gobierno, de Estado, de producción. Es un mundo dividido en dos, es el mundo, primero, de la Guerra Fría, luego de grandes conflictos, de grandes problemas diplomáticos, problemas políticos, militares, pero es un mundo caracterizado entonces, prácticamente, de manera paradigmática, por dos esferas distintas, o dos modelos distintos y posibles de sociedad.

¿Por qué me refiero a esto? Porque para entender el mundo de hoy, hay que entender no sólo lo que pasó, no sólo por qué pasó, sino también cómo una etapa termina y le abre camino a otra distinta.

Hoy estamos, y creo que la gran mayoría de los teóricos, de los analistas, de los políticos, de los dirigentes, comprenden que estamos enfrente de la irrupción, de la aparición de un nuevo orden mundial, de un nuevo orden internacional. Por eso, creo que la discusión sobre las etapas de nuestra historia reciente es un camino para comprender, a través de esa historia, lo que está ocurriendo en la actualidad, pero sobre todo qué disyuntivas, qué dilemas y qué decisiones tenemos que tomar para adelante. Ese Muro de Berlín, que de manera simbólica separaba como cortina de hierro al planeta en dos, cae y con la caída del Muro de Berlín se impone o se nos presenta una realidad distinta, que es la de un mundo unipolar, la de un mundo donde hay ya no dos modelos, dos sistemas, dos imperialismos, diría el propio Perón, sino una sola hegemonía, un mundo unipolar, un mundo en el que se pretendía, a partir de la caída del Muro de Berlín que, además, íbamos a tener una estabilidad, íbamos a tener una continuidad histórica a la que se llegó a denominar ‘el fin de la historia’. Era una etapa donde nos decían ‘se acabaron los conflictos, se acabaron las disputas, se acabaron las discusiones, hay un solo modelo, ese modelo es exitoso, anda bien, hay que someterse a eso’.

Era el fin de la historia, se lo llamó también ‘el fin de las ideologías’ y se pretendió instalar la idea de que países como el nuestro, países emergentes, países en vías de desarrollo, países periféricos tenían que adoptar un recetario, tenían que adoptar un manual, una batería de políticas económicas que se conocieron, derivadas de ese consenso internacional y de ese mundo unipolar, se la conoció como el Consenso de Washington. Un decálogo de medidas que tenían que aplicar los países de menor grado de desarrollo para obtener, para lograr y para alcanzar la convergencia con los países más avanzados. 

Con sólo llevar adelante esas políticas, con sólo aceptar esas recetas, con sólo subordinarse a esa ideología y a esos conceptos, estaba el camino allanado para alcanzar los máximos niveles de desarrollo.

Venimos de una etapa donde el armado, las instituciones, el orden internacional, sus leyes escritas y no escritas, estaban marcadas por las instituciones nacidas en la posguerra, por los llamados acuerdos de Bretton Woods, los conocemos bien, cómo no los vamos a conocer, el Fondo Monetario Internacional, las propias Naciones Unidas, sobre todo en lo que refiere a sus comités vinculados a los conflictos entre países, la Organización Mundial de Comercio más adelante. Es decir, nos explicaban que había un recetario para aplicar y que con sólo llevarlo adelante íbamos a alcanzar el éxito, el desarrollo. Decía la convergencia porque se planteaba que los países más atrasados iban a alcanzar a los países adelantados.

Esto fue un paquete ideológico, un paquete político, un paquete económico que se aplicó, diría yo, no sin conflictos, pero mayormente de manera casi universal y obediente en buena parte del planeta. Entonces, decía, un mundo unipolar, estábamos acostumbrados a que hubiera un sistema de reglas, de relaciones, de instituciones, una arquitectura financiera internacional y un país dominante: Estados Unidos. Para los demás quedaba la sumisa aplicación de un recetario de políticas y decisiones que venían prefabricadas desde los centros de poder mundial.

Digo esto porque quienes transitamos nuestra formación y buena parte de nuestra vida política en aquel entonces vimos cómo esa imagen de progreso asegurado, esa imagen de éxito seguro se hizo añicos, mucho antes de la crisis actual, mucho antes de la etapa de duda y de interrogantes que estamos viviendo a nivel mundial. En la Argentina y en Sudamérica el neoliberalismo, el Consenso de Washington se volvió, sobre todo durante la década de los 90, en una especie de religión y era un buen gobierno aquel que se subordinaba al imperativo neoliberal.

En Argentina se llevaron adelante esas medidas, se aplicó ese decálogo, un decálogo constituido por decisiones, medidas, por propuestas como la privatización de las empresas públicas, como el ajuste y la desarticulación de los Estados de bienestar, como la apertura indiscriminada de la economía, como los arreglos financieros y cambiarios afines al sistema especulativo internacional. El endeudamiento externo, como una suerte, se presentaba, de palanca y de plataforma para el crecimiento posterior, y todo esto cubierto y recubierto de una ideología de flexibilización laboral, de quita de derechos y permeado, también, por la famosa teoría del derrame. Una teoría que planteaba que la mejor política económica era la que garantizaba las altas rentabilidades en sectores concentrados que iban a devenir en inversión, que esa inversión iba a convertirse en crecimiento y que ese crecimiento iba a terminar derramando, me sale de decir como una cascada, pero en los sectores populares, en los trabajadores, en los vulnerables. 

Hablo de esto porque había un modelo y una comprensión de la economía internacional, y había un recetario para los países en vías de desarrollo, periféricos, emergentes. 

Y la verdad que dentro de la historia argentina, que también podríamos decir, como muchas de la región, pero particularmente la Argentina, que también podemos decir que atravesó diferentes etapas, nos planteaban que la modernidad y el progreso iban a estar asociados a las políticas de cuño neoliberal. 

Por eso en Argentina se habló de tres etapas en las que se divide nuestra historia económica, que generalmente, habitualmente, se llaman: la etapa agroexportadora, la etapa de industrialización sustitutiva, y una tercera etapa donde se aplicaron las políticas neoliberales, a la que se llamó etapa neoliberal, o en un homenaje también a quien perdimos hace un tiempo pero que queremos mencionar, a Eduardo Basualdo, y a toda la Escuela de Economía Política Argentina, la llamamos nosotros etapa de valorización financiera.

Recapitulo, la economía internacional, la división internacional del trabajo, el formato de un mundo caracterizado, a partir de los ‘70, por el neoliberalismo y, más adelante, por el predominio de Estados Unidos y los organismos multilaterales. En Argentina, una etapa agroexportadora, una etapa de industrialización sustitutiva, de industrialización basada en la idea del desarrollo nacional, obviamente estamos acá también homenajeando a quien fue el principal impulsor de una Argentina productiva, de una Argentina industrial, de un desarrollo soberano y nacional, que es el general Perón. Había un consenso sobre qué hacer, había una idea de cómo funcionaba el mundo, y había una teoría sobre qué políticas y qué recetas debían aplicar los países de la periferia.

Y la verdad es que en Argentina esa situación y ese desarrollo nos permitió ver algunas imágenes que anticipaban también lo que hoy empieza a pasar en otros países del mundo que antes se creían exentos de la dependencia, del subdesarrollo, de los problemas de la desindustrialización y de las necesidades de la distribución. En Argentina se aplicaron a rajatabla las recetas del neoliberalismo. En Argentina, a partir del Golpe de Estado, a partir del ‘76, a partir de la dictadura militar, dolorosamente y a través del terrorismo de Estado, se instauró un modelo neoliberal que tuvo su momento probablemente cúlmine durante la década de los 90.

Esa explicación, ese conjunto de políticas económicas que hoy nos quieren decir que hay que volver a aplicar, que hoy nos quieren convencer de que son la panacea y el remedio para los problemas de la Argentina. Tenemos para decir que en Argentina se privatizó, se abrió la economía, que en Argentina se aplicaron reformas laborales, que en Argentina se llevó adelante un proceso de desindustrialización, se intentó desarticular la universidad pública, la ciencia, se fue contra los derechos, y esas políticas que se aplicaron desde mediados de los ‘70 con la dictadura militar hasta fines de los ‘90, comienzos del nuevo milenio, esas políticas ya se aplicaron, son antiguas y fracasaron. Son las mismas políticas que nos quieren convencer de que son novedad, de que son un invento actual y adecuado al mundo que estamos viviendo.

Pero por eso creo, o insisto, en que es tan importante y tan oportuno un curso de formación política. Y que no podemos afrontar lo que vivimos y, menos todavía, lo que nos espera sin abordar una profunda reflexión teórica, histórica y política sobre lo que pasó y sobre lo que está pasando. 

Estamos viviendo, decía, una nueva etapa, no solo en la región, en la Argentina, sino a nivel internacional. Pocas veces, pocas veces como hoy, se ha instalado, impera la certeza, la convicción de que lo que conocíamos, lo que nos acostumbramos a ver, lo que ya habíamos codificado y analizado, hoy no existe más. Es una etapa de una transición y de un cambio a nivel internacional profundo, pero hoy evidente, hoy inocultable, hoy inocultable. Estamos observando como ese mundo unipolar, con un país, una potencia predominante, un mundo de una hegemonía norteamericana exclusiva y excluyente, se resquebraja. Lo voy a decir mejor. El predominio, la idea de que hay una sola potencia, un solo camino, un solo mundo y una sola esfera está absolutamente destruida, destruida, desmoronada. Y me parece que no es menor. 

Voy a profundizar un poco sobre esta cuestión, por esto de Perón, de que hay que empezar con la política internacional para comprender luego qué hacer, dónde estamos y para comprender también cómo enfrentamos lo que se nos viene.

A escala internacional, decía, había un conocimiento, un saber convencional, un consenso. Ese consenso basado en el mundo poscaída del Muro es un consenso que, creo yo, empieza a resquebrajarse y a ponerse no ya en duda sino en crisis con lo que ocurrió en el año 2008, con la famosa crisis conocida como de Lehman Brothers, como la crisis de las hipotecas, ¿se acuerdan? Subprime. 

Bueno, quienes vivimos esa etapa, quienes no lo vivieron porque todavía influye sobre el presente, les comento que hace no mucho tiempo, estamos hablando 15 años, vivimos la crisis económica más importante después de la Crisis del 30. Fue una crisis en la que quiero profundizar un poquito, nada más para indicar algo que no sé si está generalizado y no sé si el cuerpo docente va a compartir, pero que me parece que es importante decir para historizar un poco el presente. Es una crisis que no está resuelta.

La crisis de Lehman Brothers, la crisis de las hipotecas, no es una crisis que se haya resuelto, es una crisis que está en desarrollo. Entonces empiezo un poquito a desmenuzar algunos elementos, nada más para argumentar que hay un mundo antes de la crisis de 2008 y un mundo posterior a la crisis de 2008. Esa crisis, la crisis de las hipotecas, la crisis inmobiliaria, empieza en Estados Unidos y ahí ya hay una particularidad: no es la primera crisis de las últimas décadas, pero sí tiene la particularidad de que se inicia en el corazón del sistema económico mundial. Y es muy interesante ver y pensar sobre cómo aborda la teoría oficial, los pensadores de la ortodoxia, cada uno de los episodios de cambio, de transformación y los sacudones que da la historia. Esa crisis cuando se inicia se presenta como una crisis sólo inmobiliaria y sólo norteamericana. Había también un punto de vista común, difundido, expresado, sostenido por los teóricos más relevantes de la ortodoxia internacional, pero también por los organismos multilaterales, por el Fondo Monetario. Era una crisis solamente estadounidense y basada en su mercado inmobiliario. 

¿De qué se trató? Lo sintetizo: en apariencia de un día para el otro, era un fenómeno o un proceso que venía acumulándose, pero en apariencia de un día para el otro, miles, decenas de miles, cientos de miles de norteamericanos, de familias norteamericanas, tuvieron una dificultad para pagar lo que acá llamaríamos el alquiler. Porque en Estados Unidos la modalidad habitual para tener una vivienda, no la única pero habitual, no es el alquiler como lo conocemos, como está tan difundido acá, sino un préstamo hipotecario donde se está comprando la vivienda en cuotas, en muchas cuotas, decenas de años de cuotas, donde el costo de la cuota es equivalente a lo que aquí sería el precio de los alquileres. De pronto, una enorme cantidad de familias norteamericanas se vieron imposibilitadas de pagar la cuota. Y pasó algo que también, como es de vertiginoso y de cambiante el mundo que estamos viviendo, dejamos en el olvido, pero recordarán que había millones de familias que habían perdido el hogar, que habían perdido la casa, había colas y colas de casas rodantes, de gente sin tener la vivienda, había un fenómeno de incluso carpas en las plazas de las ciudades más importantes de Estados Unidos.

¿Qué había pasado? No podían más pagar la cuota de la hipoteca. Esto empieza así y obviamente, como contaba, trataron de aislarlo, de encapsularlo. Era un problema de la vivienda y era un problema norteamericano. Duró poquito. Esa imagen, esa descripción duró poquito. Rápidamente la crisis de las hipotecas se trasladó a todo el mercado financiero norteamericano, se convirtió en una enorme crisis financiera con esos días negros de la bolsa, una caída estrepitosa de la bolsa de valores, fue un crack financiero norteamericano. 

Hasta ahí, una primera etapa, ocurría en el centro pero sólo en el centro. No, no fue así. Rápidamente hubo, lo llamaban ellos, un contagio y esa crisis afectó a Europa y luego a los países periféricos. Empieza como una crisis financiera y más adelante se convierte abiertamente en una enorme crisis económica. Lo olvidamos porque estamos hablando de tasas de desocupación cercanas al 10% en Europa y en Estados Unidos, estamos hablando de 35 millones de desocupados. Fue una crisis fuertísima. 

Y en aquel entonces, por eso empiezo de acá la narrativa de lo que está pasando hoy, en aquel entonces, lo que se planteaba era que esa crisis, como decía, originalmente tenía que ver con las hipotecas, con la vivienda, luego con las finanzas, después con la economía. Pero que esa crisis, cuando comienza empieza a exhibir, empieza a mostrar elementos mucho más profundos que se pretende negar y se pretende ocultar. 

El primer elemento más profundo es que el problema que había habido era que las hipotecas, las cuotas que había que pagar, dependían de la tasa de interés; había habido un aumento de la tasa de interés, que acá diríamos menor para los que estamos acostumbrados, pero pasó en Estados Unidos y luego en Europa la tasa de interés de un 1% a un 5%. Uno dice, bueno, esas son tasas de interés pequeñas, 5%. Ahora, si la cuota está atada a la tasa de interés, quiere decir que la cuota se multiplica cuando se duplica la tasa de interés por 2, cuando se triplica por 3, y entonces la cuestión financiera afecta directamente a los hogares. Ahora, ¿qué pasó con la tasa de interés? ¿Y por qué pasa esto y después afecta a la economía internacional? Y acá lo más interesante, porque yo creo que es premonitorio, o es, digamos, un anuncio, un preanuncio de lo que estamos viendo hoy. Se observa, se ve y no se puede esconder, que lo que está pasando es que hay enormes desbalances macroeconómicos internacionales.

Pasan de decir, ‘esto es un tema de la vivienda, de las hipotecas y del interés’, luego ‘es un tema del sector financiero, por los derivados, por los títulos con los que se hacían paquetes de hipoteca’, ‘temas técnicos’, pero después dicen, ‘no, acá hay un problema mucho mayor y mucho más profundo, hay enormes desbalances macroeconómicos internacionales, particularmente en Estados Unidos, particularmente con la economía norteamericana’, que era la que teóricamente andaba bien y la que todos teníamos que copiar. ¿Cuáles eran esos desbalances? Los desbalances tenían que ver con, escuchen bien porque les va a sonar, que en Estados Unidos hacía, no unos días, no unos meses, ni unos años, hacía décadas que en la economía más grande del mundo había déficit fiscal.

Son prácticamente 60 años de déficit fiscal en Estados Unidos. Digo para los que presentan este como un problema argentino y como un problema del mundo subdesarrollado. Déficit fiscal por décadas y décadas. Y además, un déficit comercial, de la balanza comercial, también que llevaba décadas. Resulta que la economía norteamericana, la presuntamente más fuerte, con mayores fortalezas del mundo, tenía enormes problemas estructurales, macroeconómicos, decía. Ocurría que el Estado norteamericano gastaba más de lo que ingresaba durante décadas y que la economía norteamericana importaba más de lo que podía exportar también durante décadas. 

Me paro en este punto porque en aquel momento, recordando las discusiones de aquel momento, recordando las polémicas de aquel momento y recordando también las medidas que se tomaron en aquel momento, uno puede sacar importantes enseñanzas para lo que está pasando hoy. 

Se decía entonces que la economía norteamericana tenía desequilibrios. Y se decía, y se convirtió en moneda corriente, que el problema que había es que esos desequilibrios estaban afectando la esfera financiera, los movimientos de capitales, la esfera monetaria. Es decir que había un enorme desorden internacional y que había que solucionarlo a través de un cambio en las reglas de juego internacionales. Particularmente en la arquitectura financiera internacional. Que había que repensar cómo funcionaban los movimientos de bienes, sí, de comercios, sí, pero sobre todo financieros internacionales. Y se planteó en aquel entonces que había que generar una nueva arquitectura financiera internacional, decían, para que no ocurran de nuevo crisis tan profundas como las que habían pasado.
Y entonces el Fondo Monetario, el Banco Mundial, las reuniones de Davos, bueno, todos decían ‘hay que repensar la arquitectura financiera internacional’. 

¿En qué terminó y en qué desembocó? Desembocó en que para solucionar los problemas que había, para solucionar la crisis que estaba ocurriendo, resolvieron una sola medida, una sola decisión, que es hacer un enorme programa, primero en Estados Unidos y luego en Europa, de estímulo, de apoyo, de salida de la crisis, un solo programa que lo llamaban, no sé, cuantitativismo, no sé cómo se puede traducir como una ayuda, un alivio cuantitativo. ¿Y de qué se trataba básicamente? De salvar a los bancos. ¿Qué hizo el Fondo Monetario? ¿Qué hizo el Gobierno norteamericano? Un salvataje del sistema financiero norteamericano primero, europeo después, internacional al final. Vieron una crisis, observaron una dificultad y dijeron ‘no nos puede pasar lo mismo que pasó en la Crisis del 30. E hicieron un salvataje más grande que el New Deal, mucho más grande que el salvataje que hubo después de la Crisis del 30, pero estuvo focalizado en un solo sector, el sistema financiero, el sector bancario.

¿Qué es lo que podemos ver hoy? ¿Qué es lo que en aquel entonces, quienes mirábamos desde otra perspectiva, debatíamos y discutíamos? Que no era un problema ni financiero, ni bancario, ni de la arquitectura de los préstamos, ni de las hipotecas. Era un problema mucho más profundo. ¿Por qué Estados Unidos tenía un enorme déficit en el comercio? Básicamente porque habían relocalizado, reubicado la mayor parte de sus procesos productivos industriales en el Sudeste Asiático, en China, en países de salarios bajos.
Este es un proceso que se venía gestando hace muchísimo tiempo, pero que tuvo un corcoveo enorme en aquel entonces y creo que hoy marca una nueva etapa. Los países centrales, los países desarrollados, escúchenlo porque parece que estamos hablando un poco también de lo que pasó en países más débiles y más pequeños, se desindustrializaron.

La desindustrialización no fue un fenómeno de América Latina con los ‘90, no fue un fenómeno del mundo periférico, fue un fenómeno que afectó a las grandes potencias, particularmente a Estados Unidos. Trasladaron y relocalizaron el proceso productivo en su faceta industrial, fabril, en los países del sudeste asiático y particularmente en China. 

¿Qué tiene que ver con la Crisis de 2008? Bueno, que empieza a ocurrir algo que hoy sale a la luz de una forma, diría yo, casi grotesca, pero que es que Estados Unidos, principal potencia mundial, debe importar prácticamente la mayor parte de lo que consume desde países periféricos o países del sur global, se llamaban en alguna época, aunque no es tan sur, pero asiáticos.

Entonces, ¿qué es lo que termina ocurriendo? Que las cuentas públicas, que las finanzas sanas dejan de funcionar en los países que predicaban como recetario que había que aplicar las mismas recetas en los países más débiles. ¿Por qué? Algunos recordarán que durante las décadas de la industrialización, de la edad de oro del capitalismo, los productos decían y las etiquetas decían Made in USA, Made in Estados Unidos. Hoy es muy difícil encontrar una prenda de ropa, un bien de consumo masivo, un juguete, productos de todo tipo, de consumo masivo Made in China, Made in Vietnam. Se desindustrializaron los países centrales y generaron lo que hoy se conoce como cadenas globales de valor. Hubo una relocalización de la división del trabajo a escala mundial. 

Ahora, ¿qué es lo que generó esto? Que Estados Unidos empiece a tener de manera recurrente un déficit comercial. Pero también generó otro problema que aparece como síntoma de la crisis, que es que también tienen déficit fiscal. ¿Y por qué tienen déficit fiscal endémico, crónico? Porque los países centrales están imposibilitados o tienen difícil la recaudación de impuestos a las empresas de su propio país. Y esto se vuelve un fenómeno, una enfermedad a nivel mundial.

Nosotros la vivimos acá. La vivimos como los paraísos fiscales. Empresas que radican su casa matriz, su centro neurálgico, no en el país de origen, sino en algún país de baja tributación, algún paraíso fiscal.

Se ponen ahí porque pagan menos impuestos, pero ya no son nuestros empresarios ausentistas, ya no son los millonarios que se mudan para pagar menos impuestos, son las principales empresas a escala internacional. Adelante de nuestros ojos cambió la anatomía del capitalismo mundial. Y para sorpresa o para horror del centro del capitalismo internacional que era Estados Unidos, esto le pasó con su propia economía. Fíjense, déficit crónico, se produce en otro lado. Hay que importar de manera permanente productos que vienen de Asia, productos que vienen del exterior y los productos del consumo masivo, incluso, y acá lo segundo, producidos por marcas y empresas norteamericanas, europeas. Esto ocurre con la industria automotriz, ocurre con la industria de los bienes de capital, ocurre con prácticamente todo el tejido productivo industrial que antes estaba radicado en las potencias centrales, que se va, se muda y pasa a los países de Asia, de Oriente.

Déficit de balanza comercial. ¿Se acuerdan cuando acá en Argentina se hablaba del superávit gemelo y luego de la pérdida de los superávit gemelos? Bueno, ¿quién tiene déficit gemelo? La principal potencia mundial, Estados Unidos. ¿Por qué? Porque importa los bienes, pero además, las empresas que los producen no tributan más en Estados Unidos. Es una deslocalización del capital. Se planteó como un problema de flujo de fondos, de capitales, por especulación, por supuesto, pero en el fondo el problema es, a dónde va a parar la ganancia. Y entonces se quejaban los países más importantes del mundo de que las ganancias de las empresas nacidas en su propio país no iban más a parar al sistema económico y al sistema financiero local. Quedaban pululando con algo que se empezó a llamar shadow banking, una especie de finanzas, las llamaríamos nosotros opacas, ¿no? Algo parecido. Movimientos financieros enormes y especulativos enormes que escapan de la regulación y el poder de control de los Estados nacionales. Y ya no sólo de los Estados nacionales, sino también de los organismos supranacionales. Son flujos de riqueza, de fondos, patrimonios que dejan de estar radicados en los Estados nación, en los países centrales. Esto en aquel momento apareció como un tema lateral, como una explicación heterodoxa de la crisis. Y yo creo que hace eclosión, que estalla ahora con lo que estamos viendo. 

Ahora, el síntoma más fuerte reciente es una crisis mundial producida por desbalances, por movimientos financieros que están fuera de control. Lo digo porque creo que en la etapa que estamos viviendo hoy, en lo que atestiguamos como un cambio del orden internacional, del balance no sólo financiero, económico, comercial, sino de poder internacional, tiene sus orígenes mucho más atrás; tiene su génesis en la propia evolución y el desarrollo de ese capitalismo global encabezado por Estados Unidos.

Ahora, ¿cuál podría ser una conclusión de esto que ocurrió y de lo que, como decía recién, sigue desarrollándose? Para mí la conclusión más fuerte, para mí la conclusión más profunda que podemos sacar es que los países, aún los más poderosos del mundo, perdieron la capacidad de regular el movimiento, el flujo, los vaivenes, incluso de los capitales que le corresponden a su bandera. Me parece una conclusión central para comprender, para ver y para poder analizar lo que está ocurriendo en el presente. 

En el presente, en aquel entonces discutíamos, ‘no, esto no es ni una crisis financiera, ni lo va a arreglar el Fondo Monetario, es un cambio estructural, es un cambio en la división internacional del trabajo, la localización de los capitales, de la tecnología, de la innovación, es un cambio profundo e histórico, es una nueva etapa’. Decíamos en aquel entonces. Hoy no lo puede negar nadie. Hoy no lo puede negar nadie.

Por eso quiero poner en esa clave, hoy está Donald Trump, antes le pedía a los empresarios norteamericanos que vuelvan a producir en Estados Unidos. Hoy tuvo que ir y llevar a los más importantes empresarios norteamericanos a China para ponerse de acuerdo. Por eso, yo no tengo ninguna duda de que ese orden mundial, eso que dura seguro desde la caída del Muro hasta más visiblemente estos últimos años, eso no existe más, no existe más. Seguramente en el tramo internacional, en el tramo mundial del curso se discuta desde diferentes perspectivas y con más profundidad. Pero voy a la conclusión a la que quería llegar: ese mundo unipolar, ese mundo de un imperio hegemónico, con sus teorías, con sus recetas, con sus mandatos y con sus amenazas, ese mundo ya no va más, ya no va más.

Entonces, invito a pensar lo que está pasando hoy, incluso las bravuconadas, los enojos de esa ultraderecha en general, y de Trump en particular. Yo invito a verlo como una señal, como un símbolo, como una manifestación no de fortaleza, sino de debilidad. De debilidad. Y me voy a explicar. 

Hasta hace poco era indudable que la principal y exclusiva potencia mundial era Estados Unidos, que las reglas venían de ahí y de su recetario, de sus ideas, de sus teorías, de sus intelectuales, de sus corporaciones. Era una especie de certeza. Bueno, esa certeza hoy no es que está en duda y en discusión desde la periferia, se cayó incluso en Estados Unidos desde su propio Presidente. Fíjense, fíjense, ¿cuál era la receta que había que aplicar? El libre comercio, el Estado pequeño, lo privado por sobre lo público, la apertura indiscriminada, decía también, libre movilidad de capitales, libre competencia. Era un mundo donde el dictamen era la mano invisible, y un Estado pequeño, corrido y lateral, aplicando un sistema de reglas y un sistema de relaciones y recetas que provenían de la potencia hegemónica. 

Hoy vemos que, si es cierto que está en duda y en discusión ese sistema de ideas, ese sistema ideológico, conceptual y fáctico, la discusión proviene del centro del capitalismo mundial, proviene de Estados Unidos. El que viene a romper con esos mandatos es el mismo presidente de Estados Unidos. Yo recuerdo que después de la implosión o la explosión del neoliberalismo en Argentina y en buena parte de nuestra región, porque nosotros tuvimos nuestra crisis en 2001, tuvo epicentro en 2001, pero uno puede recorrer cada una de las experiencias de los países latinoamericanos y ver cómo el neoliberalismo en los países, y en cada uno de los países, cayó en la crisis y entró en bancarrota, en cada uno de los países. Y después de eso se inició en Argentina, con Néstor y Cristina, pero en Latinoamérica, con Lula, con Pepe, con Chávez, con Correa, se inició una etapa posneoliberal, antineoliberal, una etapa de reconstrucción de lo que los genios de la ortodoxia habían destruido.

Y a mí me parece que ahí, como pueblo, pero también como peronismo, como experiencia política, nos tocó vivir una situación donde remábamos contra la corriente. Nosotros decíamos que había que reindustrializar Argentina y la región; decíamos que teníamos que avanzar con políticas públicas de reparación y que el Estado era un factor central para el desarrollo, para la inclusión; decíamos que teníamos que aplicar deliberadas políticas para fomentar y acompañar a sectores productivos; decíamos que teníamos que usar herramientas como el crédito público, pero también herramientas del comercio exterior. 

Me acuerdo que, siendo en aquel entonces viceministro, ministro de Economía, tuvimos que enfrentar juicios y reclamos ante la Organización Mundial de Comercio, montones, por aplicar políticas de cuidado, de protección a determinados sectores productivos.

Era mala palabra, era una herejía. Un Estado que se ocupa de planificar, de mirar sectores estratégicos, de aplicar medidas y herramientas para acompañar ese proceso de desarrollo, para asegurarse de que ese desarrollo fuera federal y llegara a todos los puntos de la Argentina, que abarcara también la elaboración de nuestras materias primas estratégicas, que generara valor agregado. Había que tener un Estado no débil, no un Estado bobo, no un Estado al servicio de las corporaciones, sino un Estado al servicio del pueblo, de la soberanía, de la industria y la producción nacional. Era contracorriente, contracultural, contrahegemónico, lo que hacía Argentina y lo que hacían los países de la década ganada en Latinoamérica. 

Nos tiraban con toda la biblioteca, nos tiraban con todos los manuales, nos corrían con las reglas internacionales. Bueno, quiero decir, a manera reivindicativa y para que quede claro, que industrializar, que preservar la soberanía, que hacer más inclusivo un proceso de crecimiento, que la idea de que no hay que primero crecer y después distribuir, sino que hay que distribuir para poder crecer. Que la idea de que el libre mercado y la mano invisible, lejos de ser omniscientes, omnipotentes y asegurar un desarrollo y un crecimiento necesitan también de una presencia fuerte de la sociedad en su conjunto, planificando y pensando, priorizando y desarrollando los sectores. 

Bueno, esas teorías que acá se aplicaron para salir de la noche neoliberal y reconstruir el país, y aquellas teorías que se usaban, y esas ideas y esos, también, instrumentos para reprimirlas o para impedirlas, todo eso, todo ese acervo, todos esos manuales, todas esas teorías hoy están destruidas, están quemadas y no existen más. Hoy en el planeta entero. Presidentes, sociedades, incluso ideologías con las que no coincidimos, pero en algo creo que se está generando un nuevo consenso: no funciona. Lo que nos trataron, lo que nos hicieron aplicar no funciona. Desde el Presidente de Estados Unidos pasando por los países europeos y las experiencias también asiáticas, vemos que no va más. Todos los países del mundo están pensando cómo cuidar sus puestos de trabajo, todos los países del mundo están pensando cómo mejorar los salarios y los derechos, todos los países del mundo están pensando cómo desarrollar su industria, todos los países del mundo están cuidando su soberanía, menos uno que se llama Argentina porque la gobierna un presidente retrógrado, anacrónico, absurdo, con teorías que no sirven y que no existen más. 

Por eso, indudablemente, tenemos mucho para reflexionar, tenemos mucho para pensar porque si es cierto, y no tengo dudas, que estamos ante una nueva etapa, un nuevo orden internacional donde ya no hay un mundo unipolar, donde ya no hay unas reglas que se respeten, donde hay una disputa abierta, estamos en una etapa de guerras comerciales, de guerras financieras, de guerras de monedas y guerras de las guerras, de los ejércitos, de las armas. Estamos viviendo una etapa turbulenta y de transición.

Por eso, yo creo que no nos debería resultar tan difícil explicarle, no sólo a quienes estamos convencidos de esto, sino a la sociedad argentina que lo peor que podemos hacer es entregar nuestra soberanía nacional, que lo peor que podemos hacer es poner en venta y en saqueo nuestros recursos naturales, que lo peor que podemos hacer es entregar nuestro trabajo y nuestra industria; que lo que nunca deberíamos permitir es perder nuestra capacidades culturales, universitarias, científicas y tecnológicas. No sólo es anacrónico, no sólo no va más, sino que es estúpido y vendepatria.

Y miren, compañeros, compañeras, miles, esto no es una obsesión nuestra, no es un interés solamente teórico, académico, conceptual, ni siquiera o de los intelectuales, de los universitarios o de las dirigencias políticas. Este es un interés del pueblo argentino. Estamos ante una etapa de transición, estamos viviendo una bisagra y yo les aseguro que hay enormes oportunidades para la Argentina, enormes oportunidades para nuestro país, que estúpidamente está desperdiciando quien gobierna nuestro país. De una manera criminal está desperdiciando esta oportunidad aplicando recetas viejas y favoreciendo a los intereses más concentrados. Es un momento para reflexionar, para pensar. Es un momento para planificar. 

Decía que el mundo está cambiando. Ahora, hay cosas que no cambian. Y una cosa que no cambia es que la soberanía de los pueblos requiere no sólo un Estado presente sino que requiere además una integración con los países parecidos, cercanos, que han tenido las mismas experiencias, que tienen los mismos problemas y que la peor de las ideas es casarse y es atar nuestra suerte a un solo país o a dos países, a un solo bloque, a un solo interés que no es el nuestro. 

Por eso, cuando decía Julio que tenemos una doctrina, que tenemos una historia, yo digo qué hacer con el mundo actual. Lo voy a decir en palabras clásicas: tercera posición. ¿Qué hacer con las oportunidades que tenemos y los desafíos que tenemos? Integración latinoamericana. Tenemos que decidir, como dice Milei, mirando con el retrovisor: volver al modelo agroexportador, ser un país primario que produce sólo materias primas, agropecuarias, mineras, petroleras; tenemos que hacer eso. Nos dicen ‘hay que decidir si vamos a ser un país primarizado o si vamos a ser un país industrial’. Me permito decir que no tenemos que caer en esa disyuntiva. No tenemos que decidir si vamos a ser sólo un país de materias primas o sólo un país industrial. Tenemos que ser las dos cosas: tenemos que ser un país que usa sus recursos naturales, que usa sus recursos estratégicos para agregarle valor y trabajo argentino. Y ni siquiera primario o industria; también con las últimas tecnologías, Argentina es un país de los pocos que avanzó en tecnología vinculada a los satélites, lo aeroespacial. No lo podemos regalar, porque Argentina es un país con biotecnología, con ciencia de punta, con tecnología nuclear. ¿Cómo la vamos a vender? ¿Cómo la vamos a entregar? Esa es nuestra soberanía, satelital, biotecnológica, nuclear.

Somos un país que tiene un acerbo, una trayectoria, una capacidad. Por eso vuelvo a decir que lo último que se puede hacer, y no lo digo yo, lo dijeron estos días millones de personas, es entregar nuestra universidad, nuestros científicos, nuestras capacidades. 

Por eso y para terminar, ¿para qué este curso de formación? Se ha dicho hace mucho tiempo y lo repito: tenemos que entender, tenemos que analizar, tenemos que comprender para una sola cosa: para transformar. Venimos a transformar. Venimos a construir. Esto no es ni nostalgia, ni pieza de museo. Tenemos que pensar, reflexionar como una forma de militar para construir una Argentina justa, libre, soberana. Por eso, con estas palabras, con esta emoción de ser miles y miles que estamos en la tarea, pibes y pibas comprometidos, militando, doy por inaugurado el Curso de Formación Política del partido peronista de la provincia de Buenos Aires. 

Así que, muchas gracias a todos, a todas. A aprovecharlo, a disfrutarlo y, sobre todo, a defender lo nuestro. ¡Viva Perón! ¡Viva Evita! ¡Viva Néstor! ¡Viva Cristina! Muchas gracias.

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